De Milán a Madrid: ¡Movidas y aeropuertos!

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¡Madrid!

Hace más de quince años, en una mañana soleada de mayo, mientras me retorcía temblorosa en el asiento de un avión cualquiera que, soberbio, se atrevía a emular las gestas de un Ícaro presumido, en mi mente seguía rondando ese nombre:

¡Madrid!

Italiana, orgullosa milanesa, y recién casada con un español, orgulloso madrileño, y madridista, a bordo de ese aparato que surcaba los cielos gracias a un bizarro juego de cálculos de ingeniería, para mí incomprensibles, trataba de distraerme de mis miedos con esa evocadora, y a la vez prometedora, palabra:

¡Madrid!

Estaba dejando atrás, a una velocidad de centenares de kilómetros por hora, treinta años de mi vida, de una vida maravillosa, de una bella vita disfrutada, especialmente durante el despreocupado periodo universitario, en mi adorada Milán. Estaba dejando atrás mi familia, con la que nunca me había faltado nada; estaba dejando atrás mis amigos, cómplices de épicos e inolvidables episodios de locuras desenfrenadas y travesuras afortunadas; estaba dejando atrás mi beca post-doctoral en la Facultad de Derecho de la Università degli Studi di Milano, cuya maravillosa sede central, con sus bibliotecas, sus departamentos y sus aulas, se distribuía magníficamente entre los augustos claustros, pórticos y pasajes de la renacentista Ca’ Granda –originario Ospedale Maggiore, construido a mediados del siglo XV por voluntad del duque de Milán, Francesco Sforza, y realizado, en su cuerpo inicial, por el famoso arquitecto Filarete, el mismo del célebre Castello Sforzesco–, y, para que el cuadro fuera completo, también estaba dejando atrás mi práctica bicicleta, fiel compañera de cotidianos recorridos pedaleando por las calles del centro de la ciudad, desfilando ante elegantes y deslumbrantes escaparates, serpenteando entre los coches y sorteando, en las escasas zonas peatonales entonces existentes, narcisistas hombres trajeados y altivas mujeres sobre vertiginosos tacones.

Todo eso, y mucho más, estaba dejando atrás en esa templada mañana primaveral: ¿Cómo podía? ¿Por qué me atrevía? ¿Qué quería? ¿Dónde acabaría?

Y, la respuesta, por muchas vueltas que le diera desde allí arriba, flotando mágicamente entre las nubes, cruzando invisibles y etéreas fronteras, era siempre, y más que nunca, la misma:

¡Madrid!

Madrid, la grande y grandiosa ciudad, fugazmente tanteada en dos ocasiones, de regreso de unos pícaros y entretenidos congresos estudiantiles interuniversitarios organizados en Córdoba y Alcalá de Henares a mediados de los años noventa del siglo pasado; Madrid, la dinámica capital, superficialmente visitada procedente de París, sede de mi estancia Erasmus, durante una semana en compañía de una amiga que, a diferencia de mí, la había elegido como destino de ese maravilloso programa de intercambio estudiantil; Madrid, la polifacética metrópolis que, saboreada los fines de semana de una anual, pero discontinua, estancia doctoral en la Universidad Complutense, me había seducido involuntaria, o voluntariamente, dejándome una agridulce miel en los labios y un apasionado deseo a flor de piel.

Madrid, ciudad, capital y metrópolis, se interponía una vez más en mi camino, puede que marcando inexorablemente mi destino, puede que para quedarse conmigo para siempre…

No tenía certezas, no tenía garantías, ni tampoco un empleo, temporal o indefinido, ni un hogar definitivo, ni una familia amparándome, ni amigos propios: No tenía nada… ¡y nada me tenía a mí!

Con la ilusión y la emoción de una enamorada, con la inconsciencia e inmadurez de mis casi treinta años, con el estímulo y el atractivo de una nueva vida, posiblemente menos cómoda y privilegiada de la anterior, pero previsiblemente más rica y alentadora, reflexionaba entusiasta sobre esa aventura que estaba a punto de empezar y que mis amigos habían bautizado como “movida”, haciendo alarde de uno de los escasos términos castellanos que habían aprendido correctamente en sus periplos vacacionales transcurridos en la Costa Brava, Marbella o Formentera, la simbólica colonia veraniega de la bota más famosa del planeta.

Así, mientras realizaba ese simbólico vuelo de solo ida que progresivamente me iba acercando a mi peculiar “movida”, comencé a reflexionar sobre el significado de esa palabra que, tan estrictamente conectada en sus orígenes con la realidad socio-cultural madrileña de finales de los años setenta y, sobre todo, de los ochenta, para mis compatriotas, no era sino un sinónimo de “bares de copas”, “gente guapa” y “noches locas”, entre paellas, sangrías y tortillas, como en si en esa tríada, social y gastronómica, empezara y terminara el cuerpo y el alma de ese fantasioso país de las maravillas llamado España. Yo misma, lo confieso, en mi juventud había experimentado esa increíble, y puede que engañosa, “movida” durante dos intensas e inolvidables semanas en Marbella, y yo misma, debo admitirlo, sucumbía a ese tópico tradicional. Sin embargo, estaba a punto de descubrir in situ que el término en cuestión tenía que ver con esa suerte de júbilo y liberación por el fin del cuarentenal régimen franquista que tuvo una gran repercusión en distintos ámbitos de expresión artística, como el cine o la música, y que yo relacioné, dado lo limitado de mis conocimientos por aquel entonces, con Pedro Almodóvar, Antonio Banderas y Rossy de Palma, gracias a una película española que había triunfado en los cines italianos, “Donne sull’orlo di una crisi di nervi”, y con el atractivo cantante medio-italiano, Miguel Bosé.

Así, mientras fantaseaba con esas “movidas”, reales e imaginarias, ficticias y verdaderas, vividas y por vivir, casi sin darme cuenta, aterricé en Madrid.

Ya a ras de suelo, me atreví por fin a mirar a través de la ventanilla de la aeronave y contemplé el primer edificio que me daba la bienvenida a mi tierra, más bien ciudad, prometida: el “Aeropuerto de Madrid-Barajas”, rebautizado más tarde como “Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas”. En aquella ocasión, la extendida y articulada instalación aeroportuaria me pareció repentina y prematuramente envejecida, debido probablemente a la injusta comparación con el entonces recién inaugurado “Aeroporto di Milano-Malpensa”, de donde había despegado, el cual, a pesar de su engañosa denominación e incómoda ubicación, al encontrarse situado, no en Milán, sino en la limítrofe provincia de Varese a casi cincuenta kilómetros de la capital lombarda, representaba la fúlgida, pero parcial, materialización del grandioso proyecto “Malpensa 2000”, razonablemente culminado, según los cánones de la duración media de las obras públicas en Italia, quince años después. Por eso, en aquella mañana de mayo de principios del tercer milenio, el fresco recuerdo del aeródromo milanés-varesino, con los prometedores y relajantes tonos verdes de su mobiliario, los artísticos carteles publicitarios que decoraban sus paredes y los elegantes escaparates de las tiendas alojadas en su interior, hacía palidecer esa anticuada estructura madrileña cuyas tres terminales de aspecto gris y frío, casi decadente –la  nacional, la internacional y la del “dique norte”, para los vuelos Schengen de Iberia– aguardaban ansiosas la llegada de su cuarta hermana, la del ambicioso y futurista “Plan Barajas”, que, después de un breve sexenio, con su edificio satélite, se impondría en el firmamento mundial como una de las terminales más espectaculares del universo, con sus aires orientales, sus techos en forma de pagoda y el arco-iris de sus oblicuos pilares.

Así que mientras intentaba empujar mi mirada fisgona más allá de la austera y decepcionante torre de aterrizaje, recién remozada, buscando algún punto de referencia madrileño más inspirador, me topé, en mi horizonte cercano, con un pintoresco campanario, el de la iglesia de San Pedro Apóstol, cuya esbelta figura, por algún extraño motivo, parecía querer sugerirme delicada y silenciosamente la existencia de un vigésimo primer distrito capitalino, en el cual acabaría viviendo con mi marido y nuestro futuros hijos, y de una hermosa plaza mayor porticada, la de la antigua villa de Barajas, que, con el tiempo, se convertiría en una etapa obligada de hipercalóricas meriendas, matutinas o vespertinas, entre el barullo de una popular churrería, celebrando en familia la llegada de divertidas y navideñas cabalgatas o la salida de ruidosas y alegres concentraciones moteras.

Eso, y mucho más, incluida la inesperada propuesta de colaboración en un prometedor periódico digital “info-barajeño” por parte de una de las personas más comprometidas, no sólo con ese barrio, ahora madrileño, sino también con un blog llamado “Aliapiedienfamilia”, que yo aún no había siquiera concebido, era lo que me esperaba, sin saberlo, en mi destino recién alcanzado:

¡Madrid!

Bajé todas mis maletas, más bien baúles, que, como de costumbre, había exagerada y despreocupadamente cargado a bordo, y también en la bodega, sin el agobio de venideras, y necesarias, restricciones –de peso, tamaño y sustancias líquidas– y, después de besar simbólicamente el suelo capitalino, agradecida, y recoger el resto del equipaje, me lancé con los brazos abiertos hacia la salida del veterano aeropuerto, hacia la tan ansiada Madrid y, por supuesto, y siempre, hacia él: ¡mi David!

Empezaba así la “movida”; empezaba así mi nueva vida:

Arrivederci Milano! ¡Hola Madrid!

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Acerca del autor

Alia Zuffi

Nacida en Milán, reside en Madrid (Alameda de Osuna) desde hace quince años con su marido, español, y sus dos hijos. Licenciada y Doctora en Derecho por la Unversità degli Studi di Milano, alterna su actividad laboral a tiempo parcial con sus principales pasiones: viajar y escribir. Es autora del libro "Aliapiedi... en Dublín"

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