La memoria de los barrios y las redes sociales

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Estamos ya bastante acostumbrados a criticar la acción sobre la conciencia de las redes sociales subrayando los nocivos efectos que tienen para la privacidad de las personas, para el ocio y para la distribución del tiempo a lo largo del día: es difícil evaluar cuanto tiempo perdemos ante el Smartphone, o ante el portátil o la tableta en revisar las novedades que publican amigos más o menos lejanos (aunque sea dudoso, en muchos casos, aplicarles el calificativo de amigos). Menos frecuente es, sin embargo, valorar algunos de los aspectos positivos que las redes aportan a nuestra vida. Creo que uno de ellos está muy relacionado con la memoria. Hablo de la memoria individual, sin duda, pero sobre todo quiero referirme a la memoria colectiva, especialmente a la de los barrios y ciudades.

No es difícil pensar que hace sólo unos años indagar en el pasado de un pueblo, de un distrito o de una ciudad era un interminable peregrinar por hemerotecas, por las publicaciones que guardaban los más viejos o por los álbumes de fotografías de algún curioso, de algún apasionado de la fotografía que había dedicado parte de su tiempo, a lo largo de muchos años, a fijar con su cámara escenas y rincones de esa localidad. Aquella memoria estaba en las casas particulares y era inaccesible a la generalidad de los ciudadanos. Y cuando podía ser accesible sólo lo era porque alguien había tomado la decisión de rescatarla para los demás: por lo común, ese alguien era un periodista, o un promotor de exposiciones, o un escritor curioso e interesado en lo que fue en otro tiempo de su barrio o de su pueblo.

Sin embargo, las redes sociales —pienso en Facebook, en Google+, en Instagram, etc…— han abierto una vía, enormemente fructífera, para que los ciudadanos de toda índole y condición nos reconciliemos con nuestra memoria y con el pasado de nuestro entorno más próximo. Barrios que desaparecieron en su perfil originario para ser subsumidos por remodelaciones como el Pozo del Tío Raimundo, o Palomeras Bajas y Altas, o el barrio del Carmen en el distrito de Hortaleza, o lo que fue, en el distrito de Barajas, el antiguo pueblo, o la Alameda de Osuna en sus primeros tiempos de bloque y descampado, han comenzado a rescatar su pasado (o, al menos, fragmentos de su pasado) gracias a páginas y grupos que se han creado en las redes sociales con denominaciones del estilo “No eres de tal o cual barrio….. si”, o “Amigos de tal o cual pueblo, barrio o distrito”. Son páginas de intercomunicación, de recuperación de costumbres, paisajes desaparecidos, comercios que tuvieron un papel trascendental en la vida de muchos y, sobre todo, son soporte de una memoria apegada a un microcosmos urbano y a la propia identidad de quienes participan en ellos y, por la razón que sea, parte de su vida discurrió en esos escenarios. Es, también, una fuente de conocimiento para curiosos y para quienes no vivieron en el pasado en esos lugares y tienen interés en familiarizarse con sus raíces.

A través de ese tipo de espacios virtuales he tenido la fortuna de acercarme, mediante las imágenes y las  pequeñas reflexiones de quienes vivieron lo que en ellas se cuenta, algunos detalles del pasado de nuestro distrito especialmente emotivos: por ejemplo, el “tren de la gasolina” que pasaba por la actual vía verde dejando su estela de ruido y humo en los bloques limítrofes hasta bien avanzada la década de los sesenta del pasado siglo; o el moto cine, un ámbito desaparecido, que tuvo una existencia fugaz, y que hemos podido conocer en evocadoras fotografías en blanco y negro que se han publicado en Facebook; o el viejo ayuntamiento de Barajas, o sus campos de labranza cuando era un pueblo agrícola sin apenas futuro; o el prehistórico aeropuerto con una terminal única y con aviones de hélice.

También podemos acceder a las imágenes del cine que desapareció, a la emociones de quienes recuerdan las tardes de domingo en esos cines, o en las cafeterías que se frecuentaban y un buen día cerraron para siempre y de las cuales guardaban algunas fotografías, sin valor apenas, en sus casas…

Esa pequeña historia a la que poniéndonos grandilocuentes podríamos llamar, con Miguel de Unamuno, intrahistoria, ahora puede ser compartida, difundida y gozada por amplios grupos de ciudadanos interesados gracias a las conquistas de Internet y gracias a las posibilidades de comunicación que nos brindan las redes sociales. En el fondo, en cada una de esas páginas podemos visitar un mundo en el que la inmensa mayoría nos reconocemos. Porque ahí está nuestra memoria y vive parte de nuestra identidad. Incluso aunque el barrio al que aludan no lo hayamos pisado nunca.

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Acerca del autor

Manuel Rico

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