La llamada y “la Castellana”

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Mi primera vivienda en Madrid estuvo ubicada en el Paseo de la Castellana. Recuerdo todavía el día de hace casi veinte años en el que mi entonces futuro marido, de vuelta de su estancia post-doctoral milanesa, me comunicó que iba a mudarse desde la animada, puede que demasiado animada, Corredera Alta de San Pablo, donde compartía piso, a “la Castellana”, utilizando esa denominación tan castiza como incompleta para una forastera.

Nada más recibir la noticia a través del teléfono, fijo, por supuesto, no pudiendo materializar los saltos de alegría que el cuerpo me pedía y con las emociones a flor de piel, empecé a fantasear con lo que él describía como un pequeño apartamento formado por dos habitaciones, un baño y un saloncito con cocina americana aneja, que yo rápidamente situé a la altura de la Plaza de Colón, con vistas al hermoso trasero, con perdón, de una boteriana “Mujer con espejo”.

Forres de Colón

Las Torres de Colón

Obviamente, como de costumbre, sólo estaba seleccionando arbitrariamente unas cuantas palabras clave, más bien una sola, “Castellana”, añadiendo el correspondiente porcentaje de IVA de mi fantasía, que se cifra aproximadamente en un 1.000% de exageración sobre la realidad. El pequeño apartamento, a mis ojos, se había transformado en un enorme ático, con dos habitaciones dobles de diseño, una cocina de una prestigiosa firma americana, sendos baños de mármol de Carrara y un salón-comedor con sala de baile aneja. Y como si todo ello no fuera suficiente, lo había ubicado al principio de la Castellana, en la última planta de una de las dos Torres de Colón –anteriormente conocidas como Torres de Jerez, en honor a la ciudad donde se fundó el tristemente célebre grupo empresarial Rumasa, primer propietario del edificio–, que yo imaginaba según su originaria estructura, la del arquitecto Antonio Lamela, es decir, como dos altivos edificios separados, tal y como fueron novedosamente levantados en los años setenta del siglo pasado, desde arriba hacia abajo, y no con su apariencia de entonces, y todavía vigente, a raíz de la unión entre ambos que se llevó a cabo en los noventa por una escalera anti-incendio central, cubiertas por un discutible remate verdoso con forma de enchufe o de gorro musgoso de Pitufo.

Estaba deseando soltar la corneta del estático y fastidioso aparato telefónico para compartir cuanto antes con mis amigos y familiares la magnífica noticia de que en un futuro, próximo o no tan próximo, iría a vivir con David a Madrid en el mismísimo Paseo de la Castellana –así, a la italiana, con todas las palabras, tipo de vía y preposición incluida–, un lugar que, al igual que la Gran Vía o el barrio de Salamanca, formaba parte de pleno derecho en el imaginario colectivo de mis compatriotas de un hipotético y turístico top-five madrileño, a la par de los parisinos Campos Elíseos o la neoyorquina Quinta Avenida.

Por mucho que mi futuro marido, desesperado conocedor de mi tendencia a fantasear con la realidad, me repitiera que el apartamento, sí, estaba en la Castellana, pero en el número 268, yo me mantenía en mis trece, situándolo en el penthouse de ese doble rascacielos tan representativo.

Mujer con Espejo Botero

Mujer con Espejo, de Fernando Botero

Así que, una vez finalizada esa conversación, para mí prometedora y para él demoledora, empecé a buscar y a rebuscar entre los papeles, libros y tomos amasados en un mágico equilibrio sobre la mesa y el piano de mi habitación un documento de importancia casi vital en la era prehistórica de los mapas materiales y de los antediluvianos callejeros urbanos: un plano de Madrid que conservaba de uno de mis viajes a la capital de España. Una vez encontrado, llena de orgullo y satisfacción, empecé a mirarlo y a remirarlo, admirando esa “Castellana” –así, sin más– que junto a “Recoletos” y “el Prado” –también en este caso decidí omitir deliberadamente la referencia a los respectivos paseos–, recorría longitudinalmente, de arriba abajo, como un atípico Manzanares de asfalto, esa magnífica ciudad, cuyos límites geográficos, y turísticos, tal y como aparecían en mi mapa, eran, por el norte, la Plaza de Castilla y, por el sur, la del Emperador Carlos V –la de Atocha, me dije a mi misma, ya totalmente metida en el papel de futura madrileña–. No iba tan descarrilada con mi comparación acuática ya que el trazado inicial de la Castellana, cuando era el Paseo de la Fuente de la Castellana, a principios del siglo XIX, se correspondía con el de un antiguo cauce fluvial; además, en los ochenta, eliminada de una vez por todas la denominación de Avenida del Generalísimo, inaugurada tras finalizar la Guerra Civil, las numerosas terrazas que empezaron a inundar las orillas de este bulevar lo convirtieron en una suerte de paseo marítimo, fluvial en mi caso, conocido como “Costa Castellana”.

Y así fue como, unos cuantos meses después de esa histórica llamada, recién aterrizada a Madrid en vista de mi inminente estancia doctoral, me enfrenté con la realidad.

Edificio ABC Madrid

Edificio ABC

Con orgullo y una pizca de vanidad le dije al taxista que mi destino era el Paseo de la Castellana, en el extraño número 2 (pausa) 6 (pausa) 8, junto a una tienda de golf y un concesionario de coches de lujo –ese tipo de locales, según mi razonamiento, sólo podían encontrarse en un céntrico y elegante barrio madrileño–. A pesar de mis confusas indicaciones, el buen hombre lo entendió todo de modo que arrancó el coche desde la Terminal Internacional del Aeropuerto de Madrid-Barajas y se dirigió hacia una M-11 flanqueada por unos bloques de edificios que crecían tan rápidamente como los hongos de un bosque húmedo, ejemplos materiales de una incipiente burbuja inmobiliaria tan devastadora como las bombas imaginarias que parecían haber caído en la metrópoli, hasta llegar al Nudo de Manoteras, esa increíble maraña de carreteras, autovías y circunvalaciones que, por su cantidad y dimensiones, siempre me recordaban a las megalópolis estadounidenses, sobre todo si las comparaba con las humildes y pequeñas circunvalaciones milanesas, la interior y la exterior, y sus dos tangenciales, este y oeste, eternamente colapsadas por el tráfico.

Desde la ventanilla reconocí, a mi derecha, el vetusto y autoritario Hospital de La Paz y las desaparecidas instalaciones de la Ciudad Deportiva del Real Madrid y, a mi izquierda, la antigua Colonia de San Cristóbal, ese peculiar complejo de viviendas de aire casi ferroviario, construido a finales de los cuarenta para los empleados de la EMT, sarcásticamente rebautizada como “la Moraleja de los pobres” o “Los Nichos”, por su peculiar forma, caracterizada por balcones solapados por arcos, cortinas de tonos verdes y muros de ladrillo a vista. Sin embargo, lo que más me impactó fue la visión, a través del parabrisas, de la magnífica y audaz Puerta de Europa, desafío equilibrista de Philipp Johnson, cuyas dos torres inclinadas, entonces llamadas Torres Kio, estaban a punto de darme una simbólica bienvenida a la capital.

Preparada para disfrutar del desfile de belleza arquitectónica in crescendo que iba a presentarse tras ellas, hasta alcanzar mi (supuesto) destino, casi me quedé de piedra cuando me di cuenta de que el taxista en lugar de lanzarse en la oscuridad de un túnel al final del cual hubiera visto la luz, la luz de la ciudad y, con ella, la de la Castellana, a unos pocos metros de distancia de una Plaza de Castilla todavía huérfana del controvertido “Obelisco de la Caja” de Calatrava, cuyo mecanismo móvil de las lamas revestidas de bronce que deberían de proporcionar la visión de una onda ascendente a lo largo de la columna sólo ha funcionado en dos ocasiones, se daba la vuelta para alejarse cruel y progresivamente de mis sueños e ilusiones “castellanas”. A través de la luna posterior asistí impotente, con mis propios ojos, al gradual empequeñecimiento del depósito elevado de agua del Canal de Isabel II, cuyas instalaciones iban a convertirse en un exitoso centro de exposiciones, y, en el horizonte de mi mente, a la paulatina desaparición, uno tras otro, del mítico estadio Santiago Bernabéu, del Palacio de Congresos y Exposiciones, con la reproducción del mural de Miró, de la cándida y esbelta silueta de la Torre Picasso y la dorada del Banco de Bilbao, de las arcadas que anunciaban los Nuevos Ministerios, de inspiración escurialense, de la rechoncha “Mano” de Botero, de la Escuela de Ingenieros Industriales y del Museo de Ciencias Naturales, del museo de esculturas al aire libre, del entrañable Edificio ABC y de todos esos inmuebles, nuevos o reestructurados, que albergaban, y siguen albergando, embajadas, hoteles, compañías de seguros e instituciones bancarias.

Todo eso, y mucho más, se estaba alejando de mí contra mi voluntad.

La Mano de Botero

Mano, de Fernando Botero

El conductor, impertérrito, siguió con su recorrido invertido, hacia las afueras de la ciudad, y unos pocos, aunque interminables, minutos después, me dejó en el punto exacto donde yo, desde un principio, tenía que haberme ubicado: a los pies de un anónimo edificio, frente a una anónima parada de múltiples líneas de autobuses y al final de una anónima Castellana que, prácticamente, ya no era un paseo de revista sino una despiadada autopista.

Aquello fue un baño de realidad en toda regla. Mi verdadero destino era el número 268 del Paseo de la Castellana, más allá de los límites geográficos de cualquier mapa turístico, en una zona, para mí, extramuros, fuera de esa simbólica frontera marcada por una Puerta de Europa que, abierta hacia el futuro, parecía cerrar el mío. Había llegado a la que sería mi primera morada madrileña: un pequeño apartamento en una tercera planta de un edificio de viviendas de ladrillo visto formado por dos habitaciones, un baño y un saloncito con cocina americana aneja, decorado con un mobiliario cuyo encanto brillaba por su ausencia, sin terrazas, ni balcones y sin vistas espectaculares sino con ventanas que asomaban a un escuálido patio interior, sin brillo y sin alma.

El corazón me dio un vuelco…

El número 268 del Paseo de la Castellana

¡Por fin estaba en casa, en mi casa! Ese iba a ser mi hogar, ¡nuestro hogar! El perfecto e ideal nido de amor en Madrid, compartido con él, ¡siempre, mi David!

Y así fue como ese sencillo primer piso de alquiler, ahora ya desaparecido, se convirtió a partir de aquel día en el mudo, pero satisfecho, testigo de dulces e inolvidables veladas, solos, con familiares o entre amigos, italianos y españoles, que a menudo venían a visitarnos. Allí fue donde comimos, bebimos y, a veces, dormimos todos juntos, bajo un mismo techo, celebrando inolvidables reencuentros y tantos “bienvenidos” como “arrivederci”, prometidos y mantenidos.

Todo esto, y mucho más, fue ese pequeño pero gran piso madrileño, sito en la grandiosa, y larguísima, Castellana, en el lejano, pero cercano, portal 268: su puerta siempre estuvo abierta, al amor, a la familia y a la amistad.

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Acerca del autor

Alia Zuffi

Nacida en Milán, reside en Madrid (Alameda de Osuna) desde hace quince años con su marido, español, y sus dos hijos. Licenciada y Doctora en Derecho por la Unversità degli Studi di Milano, alterna su actividad laboral a tiempo parcial con sus principales pasiones: viajar y escribir. Es autora del libro "Aliapiedi... en Dublín"

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