Siria y los tres mosqueteros

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Las reflexiones sobre las expectativas que se abren para el sistema internacional después de la intervención de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia en Siria, siempre se pueden plantear vinculadas a dos hipótesis: una de ellas, abre el interrogante sobre el siguiente objetivo militar que puedan tener los Estados Unidos, una vez que la nueva Estrategia de Seguridad Nacional aprobada por Trump, declara a Rusia como el principal enemigo a combatir. La otra, vinculada a ésta, es plantear que esta intervención ha sido solo el primer paso hacia un nuevo tipo de Guerra Fría que se está jugando en distintos escenarios en la búsqueda de zonas de influencia, en donde mantener o derrocar al dictador Bashar al-Ásad va más allá de la utilización de armas químicas.

Estamos hablando de una nueva Guerra Fría hecha espectáculo -como en mi serie preferida: Mr. Robot– mucho más sofisticada que la anterior y que ya no se libra sólo con intervenciones como la realizada en Siria, ni exclusivamente con cabezas nucleares colocadas estratégicamente en el tablero de ajedrez mundial como en el pasado. La batalla hoy se libra también entre distintos malwear (programas maliciosos) ubicados en servidores estratégicos capaces de influir en la opinión pública y en los centros decisorios de procesos determinantes en las distintas áreas globales. Unos nuevos dominios que no se dividen en zonas de influencia como antaño, ni tampoco se limitan a espacios geográficos, sino que se encuentran atomizadas en la diversidad global y desde ahí -en la sombra-, influyen en los centros económicos, financieros, monetarios y de igual forma, condicionan los procesos políticos y electorales.

A este Guardián entre el Centeno, como a una parte de la opinión pública responsable, le preocupa encontrar un nuevo equilibrio regulador capaz de introducir un cierto orden en los distintos escenarios globales puestos en riesgo por la llegada al poder global de los tres “tenores”. Tres nacionalismos populistas que dominan el triunvirato de las potencias mundiales: el de Occidente con sus tentaciones megalómanas, su anti política y su nacionalismo primario que sueña con el Make America Great Again, a mitad de camino entre Monroe y Jackson; bueno ya le gustaría a Trump llegarles ni tan siquiera a la suela de los zapatos. Por otro lado, el del Este, desde el Báltico al Pacífico, que fantasea con volver a la gran “madrecita” de la Rusia imperial de Catalina II con Putin como nuevo Zar global. Y para rematar, el de Oriente, con un XiJiping que se imagina como segundo Mao, acumulando todo el poder para transformarse en el nuevo Timonel de la nave que lleve a China a ser la gran potencia mundial para el siglo XXI. En conclusión, tres nacionalismos populistas destinados a enfrentarse.

Ante este escenario me surge una primera pregunta: cómo podrán los Estados Unidos de Trump del “American First”, del “América para los americanos” -su lema de campaña- liderar esta nueva cruzada contra un enemigo histórico como es Rusia, cuando precisamente se acusa e investiga a Trump por echarse en los brazos de Putin para llegar a la Casa Blanca. Aún con todo, parece claro que en esta nueva pantomima, en donde la intervención en Siria es una terrible y dramática expresión, puede pasar de todo a tenor de lo imprevisible de los tres “mosqueteros” enfrentados. Qué hacer ante esta presencia intermitente o ausencia buscada del amigo estadounidense, inexistencia de equilibrios estabilizadores, como ya se ha demostrado en escenarios como Irak, Afganistán o Siria; por no hablar, de repetir el camino de las “primaveras árabes” que se han tornado en fríos inviernos ante el riesgo de caer bajo el control del radicalismo islámico. Es evidente que los vacíos de poder regionales fuera de control son ocupados por actores y dinámicas desestabilizadoras violentas que proclaman para sí realidades políticas nuevas, incluso estatales, como es el caso del DAESH; o ponen aún más distancia en la solución en conflictos históricos como en Oriente Próximo.

Aún con todo, que es mucho, incluso con el retraimiento de los Estados Unidos bajo esta Administración, esta regla histórica que determinaba el escepticismo del pueblo norteamericano frente a las tentaciones intervencionistas en el exterior, principal base histórica de la corriente aislacionista en los Estados Unidos, con el giro de Trump hacia una estrategia de matonismo de western global puede estar cambiando. Incluso después del 11 de septiembre y de los fracasos en las campañas militares en Afganistán e Irak, lo que antes se castigaba, ahora se premia, porque los votantes de Trump, alentados a golpe de twitter van desprendiéndose de los complejos del síndrome de Vietnam. Este cambio de mentalidad y la satisfacción de sus fans y/o electores ante sus arranques y cumplimientos a medias, explicarían el éxito republicano en las próximas elecciones legislativas de 2018 que auguran las encuestas, su más que probable reelección en 2020 e, incluso -caigo en una apuesta muy arriesgada- en que, incluso, pase a ser uno de los presidentes mejor considerados por aquello de lo singular y característico del personaje: un D´Artagnan sideral hecho presidente a mitad de camino entre el obseso presidente chantajeado por los rusos de ‘Poder absoluto’ en la película de Clint Eastwood (1997) y el reaccionario presidente en la serie de culto The Handmaid’s Tale.

Sería bufo, si no fuera tan dramático, el enfrentamiento entre dos de los mosqueteros en disputa por la “joya” de la “corona geoestratégica” en la región que es Siria, mientras el tercero se erige en mediador y se frota las manos esperando el momento de la reconstrucción. Es increíble cómo las potencias y toda la comunidad internacional asisten impertérritas al mayor drama humanitario en este siglo como es el de la guerra en Siria:  medio millón de muertos, el mayor desplazamiento humano en toda la historia de la humanidad. 5,6 millones de sirios han buscado refugio fuera del país, incluidos 2,6 millones de niños, principalmente en los países vecinos. Además, 6,1 millones de sirios se han visto desplazados dentro del país por la guerra, de los que 2,8 millones son niños. Actualmente, en el país hay 13,2 millones de personas necesitadas de ayuda humanitaria, de los que 5,3 millones son niños, 200.000 de los cuales se encuentran en las zonas sitiadas y otros 1,2 millones en las zonas de difícil acceso.

En medio de todo, llega la intervención franco-británico-estadounidense que después de diez años vendiendo armas y alimentando el conflicto, ahora no podían esperar a la inspección que se encuentra realizando Naciones Unidas para comprobar si verdaderamente el sanguinario dictador sirio está empleando armas químicas. Llegados a este punto, nos asalta un Déjà vu histórico y nos viene la imagen del que fuera Secretario de Estado con George W, Bush, Collin Powell ante el Consejo de Seguridad en 2003 para presentar las evidencias que demostraban la culpabilidad de Sadan Husein al poseer armas de destrucción masiva que ponían en riesgo la seguridad mundial. Pasados quince años y contrastada la realidad, puede afirmarse que estas pruebas falsas aducidas por Estados Unidos, Gran Bretaña e incluso España, fueron construidas como excusa para justificar la intervención en Irak.

En este momento en Siria, a falta del informe de los inspectores de Naciones Unidas, como ocurrió en Irak, esos subterfugios están destinados al consumo interno de la opinión pública y de las élites políticas estadounidenses para cerrar en torno a Trump, un gran consenso nacional que respalde la nueva Doctrina Estratégica y desvíe la atención de la investigación por el apoyo ruso a su campaña electoral. Es claro que los Estados Unidos en su política exterior y en sus opciones de fuerza, nunca han necesitado este tipo de excusas ante terceros, pero estos pretextos siempre han sido muy útiles para ocultar intereses económicos y electorales internos.

Todo esto ocurre con algunos espectadores como la UE que toman nota de su habitual división y que, más allá del espejismo europeísta de Macron-Merkel en la Cumbre de Berlín de hace unos días, sigue dando la razón a aquellos argumentos que siguen calificando a la Unión Europea como ese gigante económico y comercial, enano político y gusano militar. Parece evidente que los nuevos retos del ajuste al post Brexit, la reforma del presupuesto y los nuevos compromisos dentro de la Unión Económica y Monetaria, dificultan sobremanera esa voluntad política y presupuestaria reclamada a los gobiernos europeos para ejercer de soft power en la gobernanza global en riesgo bajo el furor de estos aguerridos mosqueteros.

Aún a riesgo de provocar una sonrisa en el lector y sin que sirva de consuelo, ante este escenario, el sistema internacional requiere el protagonismo de uno de los pocos elementos que, como Naciones Unidas, con todas sus imperfecciones y puesto en riesgo su propia reforma y financiación, permiten una diversificación, no determinante pero sí significativa, de la dependencia del sistema internacional a los objetivos diplomáticos y militares de este nacionalista, populista y peligroso trío de mosqueteros universales.

Gustavo Palomares
© Gustavo Palomares Lerma, 2018. Todos los derechos reservados

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Acerca del autor

Gustavo Palomares

Catedrático Europeo “Jean Monnet” en Políticas y Cooperación de la UE y Profesor de Relaciones Internacionales en la UNED; Presidente del Instituto de Altos Estudios Europeos; Profesor en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación de España.

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