Italiano vs. Español: Embargos vs. Salidas

0

La primera vez que vine a España, a mediados de los ochenta, no hablaba castellano.

Mi diccionario, como el de cualquier adolescente italiano de aquellos tiempos, se limitaba a tres palabras: “playa” o, mejor dicho, “vamos a la playa” –en honor a una exitosa canción de los Righeira–, “corrida” –gracias a un afamado concurso televisivo del mediodía– y “fiesta” –por la difusión de este concepto a través de una formidable fibra no-óptica llamada boca a boca, y no por la precoz lectura de la homónima novela hemingwayana–.

Más allá de esa tríada verbal, ignoraba por completo ese idioma que, sin embargo, volvió a aparecer prepotentemente en mi vida en el año 1994 cuando mi querido profesor de Diritto Ecclesiastico me propuso participar, junto con otros cuatro compañeros de Facultad, en un congreso interuniversitario para estudiantes en representación de nuestra magnífica Universidad de Milán. El encuentro científico iba a tener lugar en Córdoba y versaría sobre “Sectas y derechos humanos”; a pesar de no dominar ese tema y de no hablar español, no dudé ni un instante en aceptar tan alentadora proposición.

En realidad, por aquel entonces, mi vocabulario castellano se había ampliado considerablemente, más o menos a razón de una palabra por año, de manera que ya conocía una decena de vocablos, que incluían las que cualquier joven compatriota que hubiera visitado España en el período estival sabía de memoria como parte del imprescindible manual de supervivencia veraniego: “movida”, “bares de copas”, “noches locas”, “gente guapa” y, como colofón gastronómico, “sangría”, “tortilla” y “paella”.

Sectas y Derechos Humanos

Me lancé así, inocente y despreocupada, a esa aventura cordobesa que en un futuro no tan lejano iba a alterar mi plácida vida milanesa.

Empecé a documentarme sobre la problemática jurídica de las sectas en mi país, en italiano, y en España, en castellano, y no tardé mucho en darme cuenta de que las diez mágicas palabras no aparecían por ningún sitio y que de poco iban a servirme para preparar nuestra ponencia. En términos (muy) genéricos, era capaz de entender, o eso creía, un texto doctrinal o jurisprudencial en español, pero, en realidad, como mucho, lograba discernir el veinte por ciento de lo que leía. Mi único consuelo, más allá del hecho de compartir la ignorancia con mis cuatro compañeros de fatigas, era saber que una vez llegados a destino, si es que llegábamos, iba a esperarnos un ejército de intérpretes experimentados.

Recuerdo perfectamente que en ese mar de palabras castellanas en el que intentaba no ahogarme entre la “laicidad del Estado”, la “libertad religiosa”, los “acuerdos” y, por supuesto, las “sectas” y los “derechos humanos”, había un término recurrente y misterioso: “Embargo”. Por mucho que me esforzaba no alcanzaba a entender a qué tipo de bloqueo de relaciones religioso-comerciales se aludía, ni porqué había tantos embargos en España. Y, como quiera que la mencionada palabra venía precedida del vocablo “sin”, llegué a la conclusión de que la preposición en cuestión era en realidad un pronombre personal, en este caso la primera persona singular, traduciendo el críptico “sin embargo” como “yo embargo”. Aquello, “sin embargo”, era demasiado obvio y acabé decidiendo que la tan manida locución adverbial castellana era, en realidad, en mi realidad, una atípica locución verbal, relacionada con el acto de “dictaminar” por lo que empecé a traducirla como “yo dictamino” o “dictaminando yo”, según los casos. Eso sí que encajaba: ¡Qué fácil era el español!

Así, tirando de genialidad y, sobre todo, de fantasía logré entender el ochenta por ciento de los artículos –de eso presumía– escritos en la lengua de Cervantes y, por fin, me sentí preparada para afrontar con garantías nuestra participación en el afamado congreso andaluz –pero, por muy extraño que pareciera, mis profundos conocimientos de español no fueron de ninguna utilidad, ni para mí ni para mis compañeros de aventura, en el Aeropuerto de Madrid y en la flamante Estación de AVE de Córdoba, a la hora de encontrar siquiera una de las tantas “salidas” que, en lugar de llevarnos al exterior, nos conducían inexplicablemente a los mostradores de las compañías aéreas o, directamente, a los andenes de los trenes–.

Durante el congreso tuve ocasión de alardear, y de pontificar, con mis “sin embargo”, pero enseguida me percaté de que, por muy desarrollada que tuviera la gestualidad, la expresividad y la desfachatez –proverbiales virtudes italianas, todas ellas– tenía que ampliar un poco más mis conocimientos lingüísticos de la lengua castellana.

Instituto Cervantes (Madrid)

La ocasión se presentó cuatro años después, cuando decidí realizar parte de mi doctorado en la Universidad Complutense de Madrid –vaya dicho que la elección capitalina no había sido fruto de la casualidad, sino que tuvo que ver con ese tipo de relaciones anejas a las académicas tan propias de los “congresos interuniversitarios” que se habían instaurado en la ciudad que fue sede del Califato omeya–. Para prepararme a conciencia, me apunté a un curso intensivo de español, de tres horas diarias y dos semanas de duración, en el prestigioso Instituto Cervantes de Milán, siguiendo el útil consejo de mi entonces novio madrileño, que había hecho lo propio dos años atrás antes de su estancia postdoctoral. Y así, después de las tres primeras horas ininterrumpidas de clase, con la cabeza a punto de estallarme y el ánimo por los suelos llamé a mi amado, que ya dominaba mi idioma perfectamente y, fingiendo un entusiasmo desbordante, le dije:

«Buenos días, me llamo Alia y, “sin embargo”, vivo en Milán».

David, prudente, tras una breve pausa, me animó a no perder ni una hora de las restantes nueve clases. ¿Quién había dicho que aprender español para un italiano era fácil porque se trata de idiomas parecidos? ¿Cómo podía ignorarse que, precisamente, esa semejanza hace que se pasen por alto un sinfín de diferencias morfológicas, gramaticales, ortográficas y lógicas, por no hablar de los falsi amici, con las consiguientes, e infaustas, consecuencias? ¿Qué compatriota era capaz de entender una conversación entre españoles o, todavía más complicado, qué español que no supiera inglés era capaz de captar algo de una conversción cool entre italians en la que, by the way, la mitad de las words eran, y cada vez lo son más, de origen anglosajón?

Necesitaba desahogarme, así que, nada más colgar, marqué el número de Matteo, mi mejor amigo, y futuro testigo de mi boda, apasionado de España, del español y de los españoles tras una fructífera experiencia Erasmus en Sevilla, y le confesé que, a pesar de mis “sólidas” bases lingüísticas, no comprendía nada de ese idioma, que mi primera clase había sido un total fracaso y que los profesores eran tan fanáticos y radicales que me habían prohibido gesticular y pronunciar mi tan querido “sin embargo”. Él, dotado de un exquisito y peculiar espíritu práctico, me propuso entonces quedar cada día después de las clases en un bar enfrente del Cervantes para tomar juntos el aperitivo, como recompensa al cotidiano esfuerzo descomunal, o más bien como herramienta para olvidarlo. Y así, con el paso de los días, de las clases y de los Negroni –Aperol Spritz, en mi caso–, mi español fue mejorando –o, por lo menos, haciéndose más fluido, casi líquido–, enriqueciéndose con nuevos adverbios, como “entonces” o “a menudo”, que ya competían con el “sin embargo” de siempre.

Al finalizar el curso, ya hablaba mejor que Levante Pieraccioni, el carismático director y protagonista de la exitosa comedia italiana “Il Ciclone” –muy recomendable, en versión original, por supuesto– que, al igual que mis amigos italianos que pasaban sus vacaciones en España, hacía sus pinitos en castellano añadiendo “eses” a las palabras italianas –del mismo modo que los españoles italianizan las palabras añadiendo una “i” final–.

David apreciaba mis progresos y me animaba a seguir practicando, para no olvidar “todo” lo que había aprendido y para que, por lo menos, “me hiciera el oído”. Sin embargo –siempre “sin embargo”–, después de treinta horas de curso, intensas e intensivas, con sus respectivos happy hour, yo ya me sentía preparada para afrontar mi inminente aventura doctoral madrileña, así que decidí omitir discretamente sus consejos ¡y seguir con los aperitivos!

Fue entonces un CD que astutamente me hizo llegar mi entonces novio madrileño, con canciones de intérpretes tan heterogéneos como Joaquín Sabina, Miguel Bosé, Alejandro Sanz, Julio Iglesias, Jarabe de Palo y Hombres G, entre otros, el responsable de mantener viva mi conexión acústica con el español. Y así, como por arte de magia, al escuchar repetidamente esas dulces melodías, mi diccionario, espontáneamente, volvió a ampliarse, y un día cualquiera, después de la enésima llamada a David para sorprenderle con mis progresos, me despedí de él con un impresionante:

«Tras diecinueve días y quinientas noches, eres mi amante bandido, bandido, y con el corazón “partío”, sigo en la carretera buscándote, pero si no te escucho, ¡grita! Adiós y… ¡Sufre mamón!».

Fue en ese preciso instante en el que decidimos que, entre nosotros, siempre nos comunicaríamos en la lengua de Dante.

En la actualidad, sigo soñando en italiano –el bilingüismo onírico es una leyenda urbana–, sigo gesticulando como una posesa mientras hablo “casi” correctamente en español con un indisimulado acento milanés, sigo abusando del recurso de castellanizar palabras y expresiones italianas y, sobre todo, o “sin embargo”, para revisar mis escritos, en esta sección o en mi blog, sigo utilizando a mi formidable corrector ortográfico y gramatical no-automático: siempre él, siempre ¡mi David!

Compartir.

Acerca del autor

Alia Zuffi

Nacida en Milán, reside en Madrid (Alameda de Osuna) desde hace quince años con su marido, español, y sus dos hijos. Licenciada y Doctora en Derecho por la Unversità degli Studi di Milano, alterna su actividad laboral a tiempo parcial con sus principales pasiones: viajar y escribir. Es autora del libro "Aliapiedi... en Dublín"

Deja un comentario