Las presentaciones: saludos, besos y equivocaciones

0

Desde muy pequeña, mis padres me instruyeron acerca de cómo (y cuando) tenía que dirigirme a las personas, ya fueran conocidas o desconocidas.

Con cinco o seis añitos, ya había aprendido a saludar, según las diferentes fases del día, con un “buongiorno” o un “buonasera”, sabía que no debía recurrir nunca al genérico, y ordinario, “salve” y que solo podía usar el “ciao” para interactuar con los familiares más cercanos. Poco después, me enseñaron a utilizar impecablemente el “Lei” –equivalente al “Usted”– e incluso, cuando la ocasión lo requería, el “Voi” –que puede bien traducirse como “Vos”–. Y ya con diez años, era capaz de dominar con absoluta seguridad la fórmula más compleja y formal de saludo o despedida de cualquiera, consistente en dirigirse al interlocutor por su apellido precedido por el correspondiente título, desde el genérico “signore” o “signora” –nunca “signorina”, que era un término conflictivo, hasta ofensivo, en función de la edad, e irascibilidad, de la soltera en cuestión– hasta el más concreto “ingegnere”, “architetto”, “professore”, “dottore”, “avvocato” y así sucesivamente, en función de las diferentes licenciaturas y/o doctorados reales o ficticios obtenidos por el interesado, siempre acompañado de un fuerte apretón de manos y una mirada directa a los ojos.

Tan interiorizado tenía este básico y familiar manual de las buenas maneras, aplicado cotidiana y rigurosamente a lo largo de mi vida –“Buongiorno signora Bianchi, come sta?”; “Buonasera dottor Verdi, come sta?”; “Buonanotte mamma e papà!”–, que una noche, durante mi estancia Erasmus en París, mientras perseguía por las siniestras calles en torno a la plaza de la Bastilla a un peligroso individuo que acababa de sustraer la cartera a un amigo mío, recién aterrizado en la capital francesa y sin ningún parentesco conocido con Ricardo Corazón de León, me escapó entre jadeos un surrealista “Monsieur le Vouleur, s’il vous plaît, arrêtez-vous!” –“Señor Ladrón, por favor, ¡deténgase!”–. Tan desconcertante le debió resultar al atracador mi modo de dirigirme a él que se detuvo repentinamente, como si le hubiera disparado con mis palabras, me miró desorientado, escuchó mis peticiones y, tras desaparecer por un breve espacio de tiempo en un oscuro portal, me devolvió la cartera en cuestión, sin el dinero pero con el pasaporte y billete de vuelta de mi amigo, respetando escrupulosamente nuestro fugaz pero eficaz acuerdo verbal –obviamente, no pude evitar despedirme del respetable personaje con un sincero y espontáneo: “Merçi beaucoup, Monsieur le Vouleur, et… bonne nuite!” –“Muchas gracias, Señor Ladrón, y… ¡Buenas noches!”–.

Más allá de lo anecdótico, resulta incuestionable que, en general, los italianos somos mucho más formales que los españoles. En el caso de los milaneses, además, esa formalidad innata va acompañada de una  abundante dosis de esnobismo, consistente en hacer presente, ya sea directa o indirectamente, a través de una tarjeta de visita o de la telepatía, todos y cada uno de los títulos profesionales, y eventualmente nobiliarios, que escoltan su augusta persona.

Para mí, salvo casos muy excepcionales, tanta formalidad nunca ha sido una excusa para guardar las distancias con nadie; se trataba, y se trata, nada más, y nada menos, de guardar el debido respeto al prójimo, en función de su edad y de su posición.

Por ejemplo, en el ámbito docente, con el paso de los años, la devoción formal, y también el temor reverencial, hacia mis docentes milaneses fue in crescendo paralelamente a la distancia que ellos mismos establecían con los estudiantes. En la universidad, el “usted” recíproco era innegociable y las opiniones de los profesores no eran tales, sino verdades irrefutables. Del mismo modo, según las normas tácitamente establecidas de este juego de roles reales, era lo propio presentarse a los exámenes universitarios con atuendo apropiado –nada de camisetas, bermudas o chanclas– ante un profesor impecablemente trajeado.

El catedrático era, en definitiva, lo más parecido a una divinidad, y todo su séquito de ayudantes, doctorandos, etc., unos seres privilegiados que gozaban de la gracia de servir fiel e incondicionalmente a esa figura académica casi inalcanzable.

Así las cosas, se entenderá bien que cuando, hace más de veinte años, mi augusto profesor, haciendo alarde de su infinita bondad y generosidad, me propuso a mí, alumna de primero de Derecho, formar parte del grupo de estudiantes llamados a participar en un congreso interuniversitario en Córdoba, consciente de que ello implicaría mantener una relación profesional tan estrecha con él –y con todos los integrantes de su séquito, entre los que destacaba una bellísima ayudante, con el inequívoco marchamo de pija milanesa:  elegante a la par que distante y con una deslumbrante sonrisa falsa–, entrara en un súbito proceso de hiperventilación mientras aceptaba sumisamente el encargo. Durante los meses sucesivos, intenté aprender algo de español, sin mucho éxito, pero con muchos “sin embargo”, e invertí una buena parte de mis ahorros en adquirir un vestuario a la altura de la ocasión.

En el hall del gran hotel donde nos alojábamos tuve mi primera toma de contacto con el mundo universitario español y, en cuestión de segundos, todo mi olimpo académico, tan mitológica y jerárquicamente estructurado, se vino abajo. Allí nos estaban esperando cinco de los catedráticos de Derecho Eclesiástico del Estado más relevantes de España, acompañados por sus respectivos, y afortunados, ayudantes, en proceso de doctorarse para convertirse así en héroes y candidatos a alcanzar algún día el nivel de divinidad, y por los cinco estudiantes que representaban a cada una de las universidades, aspirantes a poder emular a sus héroes en un futuro no muy lejano.

El eximio profesor italiano, también abogado de prestigio, y que para entonces ya se había convertido en mi guía espiritual, se acercó a sus colegas españoles para saludarles, pensé para mí, como era debido. Pero magna fue mi sorpresa cuando, en vivo y en directo, presencié como en su autoritario rostro se dibujaba una sonrisa, como su cuerpo recibía los calurosos abrazos de esas egregias personas y, sobre todo, como, recíprocamente, se llamaban por nombre, a secas, tuteándose y saludándose espontánea y serenamente con un vulgar “ciao” o un “hola”.

Semejante golpe de efecto me provocó tal asombro que, desorientada, me quedé paralizada e incapaz de reaccionar. Toda esa informalidad entre “dioses” estaba abatiendo mi consolidada escala de valores. Pero todavía más perturbador me resultó lo que ocurrió cuando llegó nuestro turno, el de los insignificantes estudiantes, de presentarnos a los profesores españoles, cuya calurosa bienvenida y cercanía me resultó hasta sospechosa.

Y como si esos gestos tan conmovedores como insólitamente humanos no fueran suficientes para revolucionar ese (hasta aquel entonces) olimpo académico, una nueva y reveladora sorpresa se apoderó de mi cuerpo y de mi alma cuando tuvimos que saludar por primera vez a la corte de los ayudantes, que en lugar de tendernos la mano, a la italiana, como habían hecho sus “señores”, se abalanzaban hacia nosotros para plantarnos dos besos, uno en cada mejilla, y, lejos de presentarse con su título y su apellido precedido de un “buenos días” o “buenas tardes”, lo hacían mostrándose “encantados”, con su nombre de pila, precedido de un sencillo y familiar “Hola, ¿qué tal?” –sólo de vuelta a Italia averigüé el significado de esas dos sibilinas palabras finales–.

Una vez superado el estado shock, traté de adaptarme lo más rápido que pude a la atípica situación, olvidando mi apellido, disparando “holas” sin miramientos y dando –y recibiendo– besos por doquier tratando de no sentirme una recidiva acosadora, hasta que descubrí que en España, a diferencia que en mi país, se empieza besando la mejilla derecha del oponente.

Debo admitir que el tan insólito como frecuente roce de mejillas, que siempre recordaré cada vez que me vienen a la mente esos tres apasionantes días de congreso, se reveló como una útil herramienta para conseguir un fugaz contacto corporal con el que iba a ser el amor de mi vida, mi futuro marido y padre de mis hijos, ya que nunca como en esa ocasión puse en práctica el evangélico precepto de poner la otra mejilla, fingiendo equivocar el sentido de marcha para convertir ese inocente gesto en un pecaminoso beso (astutamente robado) en los labios.

En la actualidad, después de dieciséis años de residencia en Madrid, me he adaptado perfectamente a esta usanza, enésimo ejemplo de que aquí las relaciones interpersonales son mucho más directas, cercanas y espontáneas que allí, aunque admito que aún me cuesta tutear a las primeras de cambio –por vía de ejemplo, confesaré que, sólo después de casi veinte años he logrado dirigirme por su nombre a la madre de mi marido, a la que nunca llamaré “suegra”–. Ahora, por absurdo que parezca, cuando vuelvo a mi tierra me llama la atención cuando algún conocido me saluda tendiéndome la mano con un altisonante “Buonasera dottoressa Zuffi, come sta?”, y me sorprendo escuchándome a mí misma responder con un titubeante “Buonasera, ingegner Rossi, come sta?”, al tiempo que tiro de él hacia mí para plantar al venerable ingeniero un par de besos afectuosos y, de verdad que sin querer, ¡en el sentido equivocado!

Compartir.

Acerca del autor

Infobarajas

Deja un comentario