“Milano downtown”: Italian Style&Fashion Life

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“Milano downtown”, prometedor destino final que, a finales de los noventa, se anunciaba por megafonía a bordo del flamante Malpensa Express –la lanzadera de diseño que empezó a conectar el recién inaugurado aeropuerto con la céntrica estación ferrovial de Cadorna– es el reino de las formas, de las formalidades y, sobre todo, de las aparencias.

Ello, como os expliqué en mi anterior post, queda patente en las fórmulas de saludo y despedida entre conocidos o desconocidos, que siempre se acompañan con los correspondientes títulos académicos y/o heráldicos, pero también en la manera de vestir.

Milán no sólo es la capital de la moda más cool del planeta, sino que también, me atrevería a decir, la ciudad, única en el mundo, donde mejor se practican, se llevan y se lucen los dictámenes de los gurús, o influencers, del fashion system. Es un lugar único, en el que sus estirados habitantes parecen altivos modelos que, no caminan, sino que desfilan por sus elegantes calles, a piedi o a bordo de bólidos potentes.

En “Milano downtown”, la “Fashion Week” no dura siete días, ¡sino una vida entera!

Estoy segura de que cualquier extranjero, y sobre todo extranjera, que haya aterrizado en Milán, y no sólo en el lejano aeropuerto de Malpensa, sino también en el de Linate, más cercano, pequeño y antiguo –oficialmente dedicado al ingeniero, y pionero de la aviación, Enrico Forlanini, pero, en la práctica, a Giorgio Armani, si se repara en el enorme cartel publicitario de Emporio Armani, la línea más trendy del famoso modista milanés, que domina la fachada interior de la estructura– se habrá quedado felizmente asombrado por el cuidado y la elegancia –y también la guapura, todo sea dicho– de mis compatriotas y, en particular, de mis conciudadanos –les ruego me disculpen los recurrentes e inevitables deslices de sano orgullo patrio, así como el abuso de anglicismos y francesismos, cuyo uso en este ámbito se considera very cool y très chic!–.

Por lo que a mí se refiere, cuando vivía allí, cotidianamente rodeada de auténticos fashion victims cuyo empeño por estar impecables a todas horas del día, y de la noche, era verdaderamente admirable, nunca me dejé arrastrar más de lo debido por ese universo paralelo basado en la vanidad y, a menudo, en la inconsistencia; vestía de forma correcta, iba por el mundo con mi anónima bicicleta y vivía serenamente sin un ostentoso móvil de última o, mejor dicho, primera generación, pegado a la oreja –por aquel entonces, a principio de los noventa, ese innovador status symbol, todavía desconocido en España, ya había invadido la vida de la mayoría de los italianos, y más aún de los milaneses que competían con los japoneses en su asiduo uso diario–.

Salvo alguna rara, e inexplicable, excepción, en “Milano downtown”, entonces como ahora, era normal ostentar discretamente unos Tod’s, unos Hogan o unos Church’s en los pies –nada de mocasines, como los clásicos castellanos, a no ser que se tratara de una edición limitada de una de esas firmas y, por supuesto, absolutamente prohibido llevar en verano esos pesados náuticos invernales con su inconfundible suela gruesa que calzan a miles de alumnos de colegios privados y concertados en Madrid, combinados con sus pantalones grises o, peor aún, en el caso de las niñas, con sus faldas escocesas–; en “Milano downtown” las muñecas dejaban entrever bajo camisas de seda, en el caso de ellas, o de algodón egipcio hechas a medida con las iniciales bordadas a mano en la parte inferior derecha de la prenda –y no, como en España, a la altura del corazón–, en el caso de ellos, lujosos IWC, Jaeger-LeCoultre, Cartier o Rolex –este último considerado, sin embargo, bastante vulgar por ser el más accesible en el mercado, con excepción de algunos modelos exclusivos y difíciles de adquirir, como el Daytona–; en “Milano downtown” los ojos perfectamente maquillados de las mujeres se cubrían, hasta en los frecuentes y lluviosos días grises, con gafas de sol Ray-Ban, indiscutible evergreen; en “Milano downtown” los cuellos de los hombres se embellecían con corbatas de Marinella y sus cuerpos esculpidos con trajes entallados, como si fueran una segunda piel, para que permitieran adivinar la existencia de fabulosos bíceps, tríceps o cuádriceps, capaces de aflorar bajo jerséis de cachemire de cuatro, cinco y hasta seis hilos.

Todo respondía, y sigue respondiendo, a unas normas, y firmas, de vestir no escritas que cualquiera conocía, y sigue conociendo.

Pero en “Milano downtown” –es justo reconocerlo– la gente no se limita a comprar el must de la temporada, sino que, además, es capaz de combinarlo y llevarlo excelentemente: en eso los milaneses, y, en general, los italianos son unos auténticos MasterChef, sublimes embajadores dentro y fuera de su País, del Italian style.

Confieso que, en la actualidad, cada vez que vuelvo a mi amada ciudad de nacimiento, lo que más me impresiona, en sentido positivo, es constatar que, con el paso de los años, esta tradición, este arte del vestir, se sigue manteniendo más viva que nunca. El género humano del “Millenial-Milanesis”, en efecto, a pesar de las crisis y de la escasez de empleo, continúa dando prioridad en sus preferencias adquisitivas al vestuario, invirtiendo, más bien gastando, en ese fin gran parte de  sus ahorros, o de los de sus padres –hablamos de la extendida especie de los “figli di papá”, una categoría que proliferó en la época de mi infancia con el boom de los ochenta y su genial eslogan publicitario, que se convirtió en un verdadero icono del marketing urbano, de la “Milano da bere”, “Milán para beberla”, y que sobrevivió al crack de los noventa de la no tan glamurosa, o puede que sí, Milán de “Mani Pulite”, “Manos limpias”–.

Obviamente, el reverso de la medalla, de ese maravilloso espectáculo cotidiano de la moda, de este carnaval de brand imprescindibles según los trend de riguroso cumplimiento, son las fugaces miradas inquisitivas de los milaneses que, como unas resonancias magnéticas instantáneas, son capaces de detectar en una fracción de segundo si su interlocutor está à la page o, por el contrario, viste demodé.

Por eso, después de haber vivido, a veces convivido, durante casi treinta años en este ambiente reluciente –aunque no sea oro todo lo que reluce–, magna fue mi sorpresa cuando, al aterrizar en la capital española, me di cuenta de que los madrileños y, en general, los españoles, no prestaban tanta atención a la ropa, ni a las marcas ni, al fin al cabo, a la silenciosa, y poderosa, ostentación.

Recuerdo todavía una de las primeras salidas nocturnas con un grupo de amigos madrileños, que incluía cena, copa y discoteca de renombre con reservado, mejor dicho, privé, incluido en la que me llamó bastante la atención el look casual de los hombres y, sobre todo, de las mujeres que, para celebrar la soirée, a diferencia de la que suscribe, no habían ido al coiffeur, ni se habían puesto zapatos de tacón, ni habían sacado las joyas de familia y ni siquiera se habían maquillado de una manera más conforme a las luces de la noche –de una de esas “noches locas” que tanta ascendencia siguen teniendo entre mis compatriotas cuando planean irse de vacaciones a España–.

Y, obviamente, a ellos y a ellas también les chocó mi nocturno “cambio radical”, de persona normal vestida de día a… ¡Reina de la noche! Nunca como en esa situación, lo reconozco, me sentí soberbiamente arreglada –sensación que jamás había experimentado en Milán, donde el target de sofisticación y elegancia compite con el de los protagonistas de la entretenida serie televisiva “Suits” –y tanto es así que, a casi veinte años de distancia, sigo manteniendo la costumbre italiana de “restaurarme” para salir, empleando todos esos minutos ahorrados en el día a día gracias a un cuidado básico anti-milanés, en largos, y pro- milaneses, preparativos.

Hay que admitir que el método español, a la hora de vestir, es indudablemente mucho más práctico y genuino, y menos costoso y consumista que el italiano, pero también es indudable que mi amado país, y más aún mi amada “Milano down-town”, caput mundi de la moda, enamora, (se) vende y triunfa a nivel nacional e internacional, con la “Gran Bellezza” de su ambiente, de su deslumbrante universo de fachada, de sus escaparates de diseño y de su gente magistralmente disfrazada –ejemplos recientes de esta poderosa influencia estética milanesa, han sido su elección como sede para alojar la espectacular Exposición Universal de 2016, su puesto finalista, por culpa de una moneda, como sede Agencia Europea del Medicamento en 2017 y su actual candidatura, apostaría que ganadora, con Cortina d’Ampezzo, la estación de esquí más lujosa y exclusiva de la estilosa Bota de tacón, para los Juegos Olímpicos de Invierno del 2027–.

Así que, aunque es verdad que “el hábito no hace al monje”, también lo es que, si el hábito es Made in Italy y lo lleva un milanés, te creerás que es un monje… ¡y mucho más!

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Acerca del autor

Alia Zuffi

Nacida en Milán, reside en Madrid (Alameda de Osuna) desde hace quince años con su marido, español, y sus dos hijos. Licenciada y Doctora en Derecho por la Unversità degli Studi di Milano, alterna su actividad laboral a tiempo parcial con sus principales pasiones: viajar y escribir. Es autora del libro "Aliapiedi... en Dublín"

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