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Alameda de Osuna: Piso piloto y urbanización

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Mi segunda vivienda madrileña, después del mítico piso de la Castellana –o, mejor dicho, del final de la Castellana– estuvo (y sigue estando) ubicada en la Alameda de Osuna, un barrio del cual nunca había oído hablar.

Mis búsquedas empezaron hace diecisiete años cuando me empeñé en conseguir un inmueble de segunda mano en el centro histórico de la capital, en un lugar que, de alguna forma, me recordara la vida que había dejado atrás en Milán –Milán downtown, por descontado–.

Por aquel entonces, a diferencia de mi marido, todavía no trabajaba, de modo que recayó sobre mí la responsabilidad de adquirir periódicamente en los kioscos, materiales y no virtuales, el “Segunda Mano”, de leer sus anuncios inmobiliarios clasificados por distrito, de marcar con un bolígrafo rojo los que, atendiendo a su precio y su prometedora (y a menudo engañosa) descripción, llamaban mi atención –que eran muchos–, de concertar citas para ir a verlos y de volver cada vez más deprimida al querido piso del final de la Castellana.

Y así, tardé aproximadamente un par de meses en llegar a la misma conclusión a la que David, mi consorte, había llegado desde un principio: por diferentes motivos, sobre todo logísticos, tenía que descartar el distrito número uno de Madrid, por mucho que me gustara recorrer a piedi sus calles más pintorescas, como la del Príncipe de Anglona, que finalizaba en el homónimo y romántico jardín, o la de San Nicolás, dominada por la torre mudéjar de la iglesia más antigua de la ciudad, sede de mi amada comunidad italiana, o sus plazas más sugestivas, como aquella elegante de Ramales, con vistas a la Catedral, o la del Conde de una antigua villa, Barajas, que pronto iba a cruzarse en mi errático camino.

CATEDRAL DE LA ALMUDENA MADRID

Centré entonces mis esfuerzos, más bien me obsesioné, en el aristocrático distrito número cuatro, aquel que había sido promovido por un conde de Montecristo de carne y hueso, malagueño, pero con título de marqués salamantino.

En esta ocasión, sin embargo, necesité sólo un mes para llegar a la misma conclusión de David, que, sabedor de mi tozudez, persistía en su astuta, y provechosa, actitud de no interferir en mis búsquedas atrevidas, dejando que me desengañara yo sola y entendiera que los pisos de los barrios de Lista o Recoletos no se ajustaban a nuestro presupuesto, salvo en aquellos casos en que los inmuebles necesitaban de una reforma radical ya que su estructura seguía anclada a la época de su edificación, el siglo XIX.

Desesperada tras haber recorrido infructuosamente todos mis distritos favoritos, llegué a la lógica conclusión que Madrid, esa gran capital, era demasiado pequeña para mí y, sobre todo, para mis necesidades inmobiliarias… En esta tesitura, una tarde de domingo cualquiera, mientras me estaba desahogando con un buen amigo, éste nos propuso acercarnos a visitar el “piso piloto” de una futura “urbanización” en la “Alameda de Osuna”.

Quedé estupefacta al oír semejante tríada semántica que se escapaba, por aquel entonces, a mi ya extenso vocabulario de itañol, mientras que David, encantado, aceptaba tan indecente proposición. Un océano de preguntas, más bien, un tsunami de interrogantes invadió los lugares más recónditos de mi mente –¿Qué era un piso piloto? ¿Un piso que se pilotaba? ¿Un piloto que nos enseñaba su piso? ¿Y qué era una urbanización? ¿Una urbe en fase de evolución? ¿Y la ¿Alameda de Osuna? Cuál extraña criatura…–.

Tras el desconcierto inicial, gracias a las explicaciones de mi marido entendí, o creí entender, que la expresión “piso piloto” se refería a una herramienta arquitectónica, inexistente en mi país –y que, de haber existido, se hubiera llamado, en el italiano más puro, “showroom inmobiliario”, o algo parecido–, y el término “urbanización” a un conjunto de edificios que compartían unas zonas comunes, tales como jardines, gimnasios, campos de tenis o de pádel –¿Pádel?– y ¡hasta piscinas!, cubiertas y/o al aire libre, es decir, unas instalaciones de las cuales, en Milán (“downtown” y “not downtown”), disponían sólo unos pocos privilegiados, como futbolistas adinerados, industriales afamados o empresarios espabilados –entre estos últimos, el polifacético Berlusconi, promotor también, en este campo, de una especie de “macrourbanización” llamada “Milano 2”, una verdadera urbe paralela a “Milán downtown” o… “¡Milán the one!”–.

Por el contrario, me costó no poco esfuerzo asimilar el curioso nombre compuesto que, según nos reveló nuestro amigo, respondía al nombre de un barrio que escapaba a los límites geográficos de mis mapas turísticos –¿Qué era exactamente una alameda? ¿Pero estaba aquella cosa en Madrid o en el extrarradio? ¿Y quién era el señor, o la señora, a la cual pertenecía? Más adelante me di cuenta de que tampoco iba tan descarrilada en mis elucubraciones ya que la originaria villa de la Alameda, sita fuera de Madrid, fue así rebautizada en honor al noveno duque de Osuna que, con el apoyo de su admirable mujer, María Josefa Alonso y Pimentel, la rescató de sus ruinas–.

Y así, a los pocos días, me enfrenté por primera vez a un “piso piloto”, a una “urbanización” y a la “Alameda de Osuna”.

Recuerdo perfectamente el momento en el que, mientras recorríamos en coche un paseo mucho más corto, y más acogedor –todo sea dicho–, que el de la Castellana, entre evocadores árboles seculares y un campo de fútbol sediento, cubierto de tierra y polvo, de repente, apareció el “piso piloto”.

Esa extraña figura tridimensional que, desde la lejanía, parecía suspendida en el aire, asentada como estaba en lo alto de un pequeño cerro de lodo y barro, se me asemejó a una nave espacial, a un rectangular platillo volador que, desorientado, había aterrizado en el medio de la nada, en un descampado donde no había vida humana, en un desierto urbano, o no tan urbano, poblado por unas excavadoras y poco más.

Aturdida, sin entender bien qué hacía yo en semejante lugar, me encaminé con los demás hacia la puerta de entrada, pero, nada más pisar el suelo suspendido o, mejor dicho, la tarima flotante, de ese OVNI llamado “piso piloto”, mi visión cambió por completo. Allí dentro, en esa vivienda-tipo de casi doscientos metros cuadrados, vivían unos seres humanos, aparentemente inofensivos, que, sonrientes y relajados, tras un hall dominado por una maqueta de la futura “urbanización”, enseñaban una verdadera casa, con puerta de entrada incluida, totalmente amueblada y estilosamente decorada, como si de un juego de Matrioskas inmobiliarias o de un huevo de Pascua con sorpresa se tratara. Me quedé literalmente sin palabras –y no es fácil– y, como si quisiera compensar mi repentina mudez, se nos acercó un afable y eficaz comercial, de verbo fácil, capaz de vender hasta una palmera en Plutón, detallándonos las múltiples ventajas de la promoción que, nos hizo maliciosamente notar, estaba ya en la (más cara) “fase 2” –estadio que, con un temblor, me hizo pensar a un posible despegue de ese objeto de ciencia-ficción–. Seguí en silencio su monólogo intentando no distraerme con el increíble escenario de ese piso-piloto, de esa vivienda en carne y hueso, de esa casa de muñecas de dimensiones humanas, y, a lo largo de ese soliloquio, me percaté de las no pocas diferencias que encontraba entre la realidad que estaba descubriendo y la que yo conocía -la de mi país–. Así, por ejemplo, aprendí que el precio de venta de las viviendas de obra nueva –bastante más razonable, por cierto, que las de “Milano downtown”– incluía también la cocina con todos sus muebles, los armarios “empotrados” y el “lavadero-tendedero”, y que se calculaba en función de las habitaciones y no de los metros cuadrados; que el mármol travertino italiano, escasamente empleado en mi tierra, era aquí un lujoso aliado en el revestimiento de los baños, y que en las cocinas españolas nunca podía faltar la futurista “vitrocerámica” –inexistente en aquellas italianas donde, desde siempre, campean peligrosamente los fuegos de gas– o la encimera de granito –una útil estructura que podía sustituir, para el corte de los alimentos, los clásicos tableros de madera italianos–.

Toda esa modernidad, todas esas “calidades” de la vivienda, incluida la incomprensible “domótica”, me sedujeron de inmediato, así como la “urbanización” a la cual pertenecía, a pesar de que “sólo” estuviera dotada de un jardín con área infantil. Faltaba por descubrir un último elemento para que ese piso piloto de esa futura urbanización me convenciera por completo: la misteriosa “Alameda de Osuna”.

Así que mientras que el amable comercial se entretenía con mis acompañantes intentándoles vender una masía con piscina en la Luna, yo, discretamente, me alejé de ese sitio extraordinario, cada vez más abarrotado de potenciales adquirentes, ansiosos de contribuir al progresivo inflamiento de la burbuja inmobiliaria, e inicié a pasear sin rumbo, bajo un sol de justicia, por esa parcela asolada, en total soledad. Había dejado atrás el paraíso, con aire acondicionado incluido, encerrado en el piso piloto y ante mi sólo se estaba personando, con su cálida presencia, el infierno del verano madrileño –a los pocos días, con la primera ola de calor de mi vida, entendí porque en la capital, a diferencia de la lluviosa Milán, las piscinas exteriores no era un bien de lujo sino una estructura de supervivencia–. Fui entonces en busca de la sombra, de un lugar donde pudiera respirar sin boquear y, como por arte de magia, detrás del llamativo “OVNI-piso piloto”, aparecieron unas plantas que, con sus ramas cargadas, intentaron atraerme hacia ellas, lanzándome, con la ayuda de una ligera brisa, pétalos de unas flores ya no tan primaverales y hojas con ganas de colores otoñales. Esos seres vegetales querían que les conociera, que visitara la casa verde donde vivían, que me perdiera en su compañía por ese sitio protegido por una reja y, casualmente, por un coche de la policía…

Mi primer impulso, mi instinto, mi sexto sentido fue el de aceptar enseguida esa invitación natural pero la escasa racionalidad que me quedaba me animó a preguntar a esos valiosos guardianes de la ley, a esos sheriffs de un barrio sin almas si era seguro pasear por esos lares y, sobre todo, cruzar esa invitante cancela para responder a la llamada de las plantas. Los dos hombres, sorprendidos por la presencia de una forastera, con un marcado acento extranjero, me escrutaron de arriba abajo, como si fuera una marciana y no una milanesa, y, conteniendo las risas, me aseguraron que ni en el barrio ni en ese jardín llamado “El Capricho” iba a correr ningún peligro.

Aliviada les di las gracias y, sin miedo, respondí a la llamada de la naturaleza. Y fue así como, de repente, me di cuenta que el verdadero paraíso no estaba en el piso piloto con aire acondicionado, sino en ese espacio de aproximadamente ciento cuarenta mil metros cuadrados, soberbiamente embellecido por románticos edificios que asomaban entre lagos, estanques y fuentes, y por un magnífico palacio de dulce aire italiano.

No hacía falta nada más: la Alameda de Osuna, prestigioso guardián de ese tesoro que entonces conocían sólo unos pocos privilegiados, me había convencido. Me despedí con un arrivederci de mi recién nacido amor “caprichoso”, volví eufórica al piso piloto y, al cabo de un par de años, mi marido y yo empezamos a vivir en un piso (no piloto) que, poco a poco, a la par que la urbanización, se convirtió en nuestro hogar, donde nacieron nuestros hijos y donde día tras día les vemos crecer a pasos agigantados, bajo la cómplice mirada de un barrio que, también con el paso de los años, empezó a crecer rejuveneciendo.

Todo eso y mucho más significó ese piso-piloto de una urbanización de la Alameda de Osuna que hace diecisiete años, como la casa de “Up”, aterrizó suavemente en el corazón de una nostálgica milanesa empeñada en encontrar una vivienda en el distrito uno o cuatro de la capital y que, por un “capricho” del destino, acabó en el último de la ciudad, el único y magnífico veintiuno.

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Acerca del autor

Alia Zuffi

Nacida en Milán, reside en Madrid (Alameda de Osuna) desde hace quince años con su marido, español, y sus dos hijos. Licenciada y Doctora en Derecho por la Unversità degli Studi di Milano, alterna su actividad laboral a tiempo parcial con sus principales pasiones: viajar y escribir. Es autora del libro "Aliapiedi... en Dublín"

2 comentarios

  1. Alameda de Osuno (comentario)

    Narrativa entretenida y coloquial de fácil lectura, en donde las experiencias toman vida de forma ligera pero con encanto. Las complejidades de un mundo nuevo en busca de una mal llamada casa, pues de por sí está carece de vida, le llamaremos hogar pues esa es la base de la familia. Hogar es amor y como este lleno de calor, de emoción y sentimientos. No encontrasteis un sitio para vivir pero si un hogar.

    Es interesante el sinnúmero de pensamientos en que se deleita el autor y a la vez nos hace partícipes de sus condiciones, expectaciones y anhelos.

    No falta aquí un tono de humor ante la candidez, en que este desarrolla su pensamiento y sus diferentes formas de reacción ante las circunstancias que se le presentan.

    En resumen, da vida a lo que parece ordinario y pueril, para invitarnos a participar en su aventura. Muy bien!!

    • Alia Zuffi

      Muchísimas gracias Roberto por este elaborado (¡y acertado!) comentario. Es una verdadera alegría saber que hay gente que aprecia de esta forma lo que escribo: le mejor recompensa, sin lugar a duda. ¡Gracias una vez más de corazón!

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